Sororidad: el llamado a la unidad entre mujeres – Mujeres – Vida




En cuestión de segundos, la vida de Claudia Zúñiga dio un giro inesperado y doloroso. “Ella es una mexicana sobreviviente de violencia doméstica extrema, a quien su pareja le disparó y la dejó en silla de ruedas”, relata Mirna Pineda, una periodista con 35 años de experiencia, que con su grupo Las Amorosas se convirtió en el apoyo incondicional de esta inmigrante en Estados Unidos.

Mirna pone como ejemplo de sororidad la experiencia de solidaridad y hermandad entre ellas, sus 40 amigas latinas y Claudia. Ellas son el apoyo emocional, físico, espiritual y financiero de esta mujer de 33 años que a los 18 recibió tres disparos del padre de sus hijos, en ese entonces de tres y un año de edad. “Su intención era matarme, ya que hacía una semana lo había dejado porque me golpeaba mucho”, recuerda Claudia, desde Phoenix, Arizona.

Este sería el comienzo de su calvario. A raíz de ese episodio a Claudia le amputaron una pierna, la otra perdió movilidad, tiene fractura medular y ha pasado por varias cirugías para reconstruir la zona afectada. A Estados Unidos llegó seis meses después del atentado, aún con las heridas abiertas, y permaneció dos años en cama.

Para Mirna, coautora del libro ‘El desafío de cambiar tu vida’, es claro que aun cuando ella y Las Amorosas no pueden cambiar el mundo, sí pueden cambiar el de Claudia. Su propósito “es llevarle el mensaje de que está acompañada en la vida. Buscamos sorprenderla, que sienta el apoyo de diversas formas. Como inmigrantes hay una sensación de vacío al estar lejos de la familia y en un país con costumbres e idioma diferentes”, agrega Pineda.

“Cuando supieron mi situación, comenzaron a hacer desayunos, reuniones, rifas para ayudarme en el sostén de mi familia”, cuenta Claudia, quien se está recuperando de una cirugía. Ellas se encargaron de la alimentación que el médico indicaba, le están brindando asesoría emocional y psicológica, le compraron uniforme y zapatos a uno de sus hijos para que fuera a la escuela, entre muchos otros actos solidarios. “Mis amadas amorosas tienen un corazón de oro (…), han sido ángeles terrenales que han estado conmigo en el momento que más las he necesitado y sin interés de recibir nada a cambio”, asegura esta mexicana de origen humilde.

Las Amorosas es solo una muestra de los millares de iniciativas espontáneas que se están tejiendo alrededor del mundo y evidencian los lazos de hermandad, unión y cuidado entre mujeres. Reflejo de esto es también la oleada de movimientos y manifestaciones como #UnDíaSinMujeres, el paro nacional femenino que se realizó el 9 de marzo, en México, un hecho sin precedentes en este país y que refleja el descontento ante la escalada de feminicidios (al menos 10 al día) y los casos de violencia contra niñas y mujeres. Para Florence Thomas, psicóloga con magíster en Psicología Social de la Universidad de París, “debería ser un día total de huelga que incluya el trabajo doméstico y todo el trabajo no remunerado (…). Esto derrumbaría el mundo”.

“La idea es que hagamos un día sin nosotras, y ¿qué pasaría si tampoco estuviéramos en la casa? Quizá a algunas les quedará más difícil porque tienen hijos y deben atenderlos. Pero no es un día para dedicarse al trabajo doméstico o para hacer lo que no hicimos el fin de semana. Es plantearlo más como un ejercicio de reflexión, ¿qué pasaría en nuestro círculo cercano si no estamos? La postura de qué significan nuestras ausencias”, expresa la colombiana Rosa Cristina Parra, directora de Movilización y Proyectos en la oficina de Movilizatorio, en México.

‘Me Too’ (Yo También, en español) es quizá el movimiento femenino más avasallador en la memoria reciente. Nació en octubre de 2017 para denunciar las agresiones y acoso sexual del que han sido víctimas muchas mujeres que perdieron el miedo a contar lo que les había pasado, a raíz de las acusaciones contra Harvey Weinstein, productor de cine y ejecutivo estadounidense.

Y tras este ha seguido una oleada de manifestaciones de descontento entre las que se destacan el ‘performance’ ‘Un violador en tu camino’, creado por el colectivo feminista Las Tesis en Chile, en noviembre de 2019, y que se replicó en diversas partes del globo.

Ahí está la sororidad que une, convoca e impulsa iniciativas de mujeres para mujeres. “Sororidad es una palabra muy bonita porque en femenino equivale a lo que significa fraternidad en masculino. Sororidad también proviene del latín ‘sor’ y traduce hermana. Y es esa relación entre las mujeres que estamos descubriendo poco a poco y que ya no es de rivalidad forzosamente, sino de apoyo, de afectos y de descubrir que juntas nos va bien y que podemos contar unas con las otras”, agrega Thomas.

Por mujeres y para mujeres

Dafne Valdés, Las Tesis.

Como todos los movimientos que buscan cambios sociales profundos, este también ha encontrado detractores en el camino, la mayoría son hombres que llegan a considerarlo como una ‘exclusión’ hacia su género. Muy equivocados están. Esta sonora palabra inspira nuevas actitudes y comportamientos entre mujeres, no tiene nada que ver con hombres, ni con excluirlos ni con incluirlos. Pues, en definitiva, se trata de buscar comprensión ante las situaciones a las que solo se enfrenta una mujer.

Cierto es también que las condiciones de todas las mujeres no son las mismas, por esto el movimiento, como el feminismo, se distingue por la transversalidad, la inclusión y la comprensión. “Nosotras tenemos espacios y redes de apoyo, acompañamiento y prácticas solidarias, pero no todas las feministas usamos esa palabra para referirnos a lo mismo. Mi organización, la Red Feminista Antimilitarista, habla más de la construcción de comunidades feministas y tiene que ver con poner acento en esa unidad y en una lucha política por nuestra emancipación y no solamente en ser muy buenas amigas y estar juntas”, aclara Marta Restrepo, desde Medellín.

Eso sí, Marta, de 47 años y feminista hace 28, asegura que “esa lucha por la sororidad, por relaciones más justas y sanas entre compañeras y amigas es un llamado a romper el mandato de la misoginia que nos ha engendrado de alguna manera el patriarcado desde la crianza y la historia”. Y se refiere a esa idea lesiva de que el peor enemigo de una mujer es otra mujer.

Thomas coincide. “La sororidad nos ha permitido encontrar nuevas maneras de estar juntas y de defendernos de la cultura machista. Nos hemos dado cuenta de que nos educaron como rivales porque eso les sirve a los machos, porque mientras peleamos entre nosotras, ellos siguen teniendo el poder”.

Según Alejandro Boada, apasionado del tema y con un posdoctorado en Estudios de Género de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (Uces), de Argentina, en algún momento iba a llegar esta forma de relacionarse entre las mujeres, porque antes habían estado privadas de cualquier tipo asociativo.

“Los clubes de ciencia que había en el siglo XVIII o XIX eran masculinos, así como los grandes salones literarios en París (Francia). A las mujeres les tocaba disfrazarse de hombres para entrar a estos recintos. Todo lo que fuera sociedades, clubes, partidos políticos y cualquier forma asociativa había sido masculino desde los antecedentes de la humanidad”, precisa. Pero ahora que ellas están ascendiendo en la sociedad, también forman sus grupos y protegen sus privilegios.

Una idea que comparte la bailarina Antonina Canal, quien lidera Mujer 2020, un proyecto con más de una treintena de mujeres apasionadas de la danza, de diferentes sectores y estratos de la sociedad “que quieren abrazar, honrar, aceptar, amar lo que somos y demostrar que juntas somos más poderosas y podemos caminar de la mano sin chismes, juicios, crítica ni comparación”, dice.

Un violador en tu camino Venezuela.

Foto:

Miguel Gutiérrez / EFE

La sororidad, asegura, es inherente a este milenio, el de la mujer sagrada, de la diosa y de la energía femenina. “No podemos seguir destruyéndonos. Qué hacemos hablando mal una de la otra o quitándole el esposo, si cuando le hago daño a otra persona, también me lo estoy haciendo. Por eso es importante la educación en el cambio de conciencia en las familias, la escuela, la sociedad”, insiste Canal, que a través de la danza ha inculcado este pensamiento a más de 9.000 mujeres en los últimos 23 años.

¿Pero por qué a pesar de la sororidad y de la reivindicación de muchos derechos femeninos, más mujeres son blanco de todo tipo de agresiones y violencias? “No se puede empoderar a un grupo sin educar y preparar al otro para que acepte tal empoderamiento.

Si observamos la lucha contra el racismo en Colombia, en el siglo XIX, en la que tuvo mucho que ver Simón Bolívar, no se preparó a los blancos para que los afrodescendientes fueran libres”, dice Boada, que dicta charlas sobre el tema en Ilustre, un espacio de crecimiento, en Bogotá. “Se puede educar a una persona para la libertad, pero también se debe hacer lo mismo con quienes la oprimen, para que la reciban de forma equitativa”. Algo similar está sucediendo con las mujeres: “Se les empodera, se les enseña nuevos imaginarios y valores, nuevas formas de ser y desempeñarse en la sociedad, pero también se tiene que educar a los hombres. No hubo una formación en lo masculino para aceptar a esta nueva mujer, y entonces ¿qué hacen ellos? Corren o atacan”, explica el experto. “El desafío, entonces, es establecer cuál es el papel de la nueva masculinidad frente a esta nueva feminidad”.

Ya se están sembrando semillas con la nueva oleada de feministas como Laura Guerrera y Dalel Pérez, sociólogas de 24 y 23 años, del colectivo La Manada, en Colombia, que nació en la Universidad Nacional. Las Lobas, como se autodenominan, les están enseñando a niños y jóvenes en la escuela y el barrio sobre nuevas masculinidades y nuevos roles de género, sin rivalidades ni exclusiones, “que no hay razón para pensar el mundo en azul y rosado”.

FLOR NADYNE MILLÁN M.
Especial para EL TIEMPO

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