La generación de la ruptura o ‘que vivan los estudiantes’ – Educación – Vida




Se están cumpliendo por estos días 50 años del movimiento estudiantil de 1971, uno de los más importantes, si no el más, porque involucró al estudiantado de todas las universidades públicas y, como hechos insólitos, la participación de centros privados y el estreno de liderazgos femeninos de larga duración.

Su peso lo comparan algunos historiadores con el ocurrido, también en marzo, en 1909, cuando los pocos estudiantes universitarios denunciaron el autoritarismo del presidente Rafael Reyes de manera unánime y radical.

En el 71, después de días de manifestaciones, tomas de universidades, refriegas del estudiantado con la policía y el ejército, con un saldo oficial de dos muertos que se siguen llorando: Eduardo González Posso, Tato, asesinado en Popayán el 4 de marzo, y Édgar Mejía Valle, en el mes de febrero, en Cali, la huelga culminó.

Los estudiantes alcanzaron el establecimiento del cogobierno universitario, otorgándole a la representación estudiantil asiento en los consejos directivos de las universidades con voz y voto, conquista que fue derogada en mayo de 1972 al establecerse el estado de sitio, herramienta a la que recurrían los gobiernos de la época ante la creciente y continuada ristra de protesta social en todo el país.

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En 1971 se crearon el Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric) y la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc-Línea Sincelejo), para citar tan solo dos organizaciones de base indígena y campesina que se unieron a los obreros textiles, a los empleados bancarios y a los estudiantes en esa ola de manifestaciones populares.

Universidad de América

Si bien en Bogotá hubo huelgas en la Javeriana, los Andes, Externado, Rosario y La Salle y acompañamiento de este estudiantado a sus compañeros de la Nacional y de la Pedagógica y, en general, a los de las demás universidades públicas del país, sería la Universidad de América, que tenía en el barrio La Candelaria, en distintas casas, sus facultades, la que protagonizaría una huelga, la primera y la más extendida en un centro universitario privado. El despido de un profesor de química movilizó a los estudiantes, quienes, durante ocho meses, se tomaron las instalaciones de la Casa de los Derechos, donde funcionaba la rectoría. Profesores, trabajadores y la totalidad de los estudiantes respaldaron la huelga.

José Joaquín Cañón, economista y uno de los dirigentes del movimiento, recuerda la finalización de la huelga así: “El reingreso a clases fue parcial y no hubo despidos ni retaliaciones. Pocos quedamos con matrícula condicional. La universidad administrativa y académicamente quedó muy golpeada. Nunca se recuperó. Cerrarían, luego, programas como periodismo. Nunca se había visto que los estudiantes de una universidad privada tuvieran ese nivel de conciencia”.

Aunque en la década
del 60
se destacaron militantes comunistas, fue en 1971 que la vocería de las mujeres en las asambleas y en los encuentros nacionales estudiantiles fue notoria.

El otro hecho que no se ha estudiado y ha pasado a un segundo plano en esta conmemoración, salvo para sus protagonistas, es el de la activa participación de mujeres estudiantes que con el correr de los años han sido incuestionables dirigentes sociales de izquierda o en grupos de intelectuales, de investigación y han ocupando cargos importantes.

Aunque no están todas las que son, pero sí las que, por primera vez, compartieron tribunas con los hombres y se midieron en la agitación de masas, aquí están algunos de sus testimonios.

Cristina de la Torre

En 1966 fue reconocida como la mejor actriz en el Festival Nacional de Teatro. Fue cofundadora y actriz principal del Teatro Popular de Bogotá (TPB) y columnista permanente de El Espectador desde el 2007. Trabajó e impulsó varios proyectos de prensa independiente como las revistas Trópico y Alternativa, el periódico El Manifiesto y la editorial Oveja Negra.

“En 1971 llegaba a su clímax la protesta estudiantil que movilizó a decenas de universidades públicas y privadas. La amplitud del movimiento y la calidad de su propuesta reformista no presentan antecedentes en el país. Tuvo una estrecha comunión con el movimiento campesino que exigía tierra en casi cada rincón de la geografía nacional, y catapultó el aterrizaje de los universitarios en los problemas más agudos.

“Timonazo no despreciable en el estudiantado de la universidad pública donde la reforma universitaria parecía disonar con la adscripción épica a las religiones china, soviética o cubana de la revolución. Pero este fervor católico de crianza –que lo éramos todos– proyectado a la política debía ceder el paso a una sólida propuesta de reforma universitaria: democratizar el gobierno de los centros académicos; multiplicar el ingreso de aspirantes a la educación superior y redefinir el contenido de la cátedra universitaria.

“El destino me juntó a Marcelo Torres y Leonardo Posada (asesinado por paramilitares siendo un dirigente de la Unión Patriótica), miembros, entre otros, del comité de huelga de la Universidad Nacional. Resulté integrada a este espacio de dirección, echando discursos incendiarios por todas partes y sin disimular protuberancias que anunciaban la llegada de mi segundo hijo. Ya tenía experiencia como agitadora porque como estudiante de periodismo de la Universidad de Antioquia había cogido el megáfono a menudo. En la Nacional me uní a los socialistas”.

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Socorro Ramírez

Fue elegida en 1978 por unanimidad, por los socialistas, como candidata presidencial; fue miembro de la Comisión de Paz en el gobierno de Belisario Betancur, docente universitaria, investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional después de hacer una maestría y doctorado en París. Columnista durante muchos años en el periódico El Espectador.

“Ingresé a la Universidad Pedagógica Nacional en 1971, hacía algunos años que se había convertido en una entidad mixta, antes era solo de mujeres. Justo llegué cuando estalló el movimiento estudiantil en las universidades del Cauca y del Valle, que fue reprimido con virulencia por Ejército y Policía, convirtiéndolo rápidamente en protesta nacional. Participé activamente. Muy pronto fui escogida dentro del grupo de los voceros y delegada a los encuentros nacionales que se realizaron en diferentes ciudades. Simultáneamente entré a trabajar como maestra en Bogotá y, claro, hice parte de Fecode. Mi liderazgo en esos años no fue muy fácil. Me tocaba trabajar el triple que los compañeros”.

Vicky Donneys

Fue apodada la Vietnamita por sus ojos rasgados, pero sobre todo por su arrojo, valentía y radicalidad. Nadie le ganaba en combatividad. Vive en París y en una entrevista el 15 de marzo en la emisora de la Universidad del Valle, su alma mater, aseguró que ella y las otras compañeras que se destacaron hace medio siglo fueron una “generación ruptura”. Su discurso de hoy tiene la misma vehemencia y contundencia que el de hace 50 años. Publicó La Gaceta con Harold Alvarado Tenorio, María Eudoxia Arango, Camilo González y Morris Ackerman.

En la novela Jalisco pierde en Cali, Gabriela Castellanos Llanos le dedica un párrafo: “La vietnamita se aparece en todas partes: en el Inem, en Santa Librada, en el Politécnico, en el Sena, en la plazoleta de medicina de la Universidad del Valle, en la calle. Vicky se sube en un estrado, en una tarima, en una mesa, en un muro, en un par de cajas de gaseosa e inmediatamente se transforma”.

En 1971 llegaba a
su clímax
la protesta estudiantil.
La amplitud del movimiento y la calidad de su propuesta reformista no presentan antecedentes
en el país.

“Tengo que decir que si los dirigentes de la época, 50 años después no mencionaron la participación de la mujer en la conmemoración realizada el pasado 26 de febrero, a pesar de las reflexiones de deconstrucción ideológica del patriarcado realizada por el feminismo en este medio siglo, es evidente que a las jóvenes de la época nos tocó ganarnos el derecho a ser escuchadas en dura lid con los compañeros y con la sociedad patriarcal”.

Aura María Puyana

Socióloga. Vivió 12 años en México. Activista permanente por las reivindicaciones de género y por los derechos humanos, opositora de la fumigación con glifosato, no solo desde la sociedad civil, sino como funcionaria del Ministerio de Medio Ambiente en los 2000.

“Cuando llegué de Pasto a la Nacional, en el segundo semestre de 1970, aún sin cumplir los 17 años, era una rebelde. Me entrené al declarar que era atea y negarme a asistir a la misa obligatoria de los jueves en el colegio de las monjas franciscanas.

“Muchas mujeres participamos intensamente en el movimiento estudiantil del 71. Hablar en los comités de base, escuchar los discursos de vertientes ideológicas comunistas, maoístas, trotskistas y anarquistas que desconocíamos, preparar las marchas hacia el centro, conformar brigadas para llevar comida a los detenidos, redactar comunicados, estudiar cuando la universidad estaba abierta. En ese trajín fui a parar a la estación de policía de la 39 y, durante ocho días, a la cárcel de El Buen Pastor en Barranquilla.

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“Aunque en la década del 60 se destacaron militantes comunistas como Yira Castro (madre de Iván Cepeda) y María Arango, el comando de la Federación Universitaria Nacional estaba compuesto solo por hombres. La revolución feminista apenas dejaba sentir su influencia en el campus universitario y en las organizaciones políticas de izquierda.

“En contraste, en 1971, la vocería de las mujeres en las asambleas y en los encuentros nacionales estudiantiles fue notoria. Los nombres de las más destacadas no se olvidan: Cristina de la Torre en la Nacho, Rocío Londoño en la Javeriana, Socorro Ramírez en la Pedagógica, Gloria Torres en la Distrital, Hilda Soto en La Salle, Vicky Donneys y Ana Korman en la del Valle, Estela Ríos en la U. de Antioquia, Isabel Goyes en la de Nariño.

“Todas ellas oradoras y con diversas militancias políticas. En el gremio profesoral también se destacaron Myriam Jimeno, Laura Restrepo, Amalia Iriarte y Clemencia Lucena, que jalonaron las reivindicaciones de cambio en la educación superior mano a mano con los estudiantes.

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“Definitivamente, no me defino como líder en el 71. Extrañamente, un referente patriarcal me fijó en la memoria como importante en esta etapa, cuando solo era una aprendiz de activista y la compañera del líder de la huelga en la Nacho. Por eso, me apodaron la Primera Dama, título que me disgustaba enormemente; siempre preferí que me dijeran la Negra Puyana o la Pastusa”.

Rocío Londoño

Socióloga, historiadora, investigadora, escritora, docente universitaria. Su voluminoso y exhaustivo libro sobre Juan de la Cruz Varela es, también, la historia de las luchas agrarias campesinas del Sumapaz en los años 30 y 40 del siglo pasado.

“El movimiento estudiantil en la Javeriana comenzó en la facultad donde estudiaba Sociología y en Trabajo Social, de ahí se extendió por toda la universidad, sobre todo en Derecho. Nos llamaban el grupo de Cataluña, porque estudiábamos en una casa en los alrededores de la universidad que se conocía con este nombre.

“Recuerdo a María Teresa Garcés como la más importante dirigente mujer que hacía discursos a la par con jóvenes como Ramiro Lucio, Juan Antonio Pizarro, Ramiro Sanín, Álvaro Guzmán, que venía de estudiar en Suiza. En mi facultad éramos muy activos en aspectos culturales, teníamos grupos de estudio de literatura, de teatro, de cine y nos interesamos por exigir el cambio del plan de estudios que era mediocre y por compartir profesores con la Nacional.

“Pronto sobresalí y fui nombrada representante en los encuentros nacionales que se hicieron en distintas ciudades. En esas asambleas comencé a exponer la situación de la Javeriana y me vinculé a la Juco.

La Javeriana cerró Sociología y Trabajo Social después de la huelga. Por fortuna, algunos y algunas pudimos terminar la carrera y graduarnos”.

MYRIAM BAUTISTA
Especial para El Tiempo

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