Atentados de Farc: 24 años de la volqueta bomba en Apartadó, Antioquia. Víctimas exigen reparación – Investigación – Justicia




Los cadáveres estaban amontonados en una sala del hospital de Apartadó (Antioquia). Después de que Gloria Hidalgo despertó y se supo entre los muertos, soltó un alarido: “¡Yo estoy viva, sáquenme de aquí!”.

La escena habría podido ser más horrorosa: luego, a lo largo de la mañana de ese 27 de febrero de 1997, siguieron llegando los cuerpos –unos sin vida, otros mutilados o heridos– que dejó el estallido de una volqueta cargada con 100 kilos de dinamita, escombros y metralla. La parquearon al costado oriental del hotel El Pescador, frente al comando de Policía, en pleno centro del pueblo, y la onda explosiva causó daños en dos manzanas alrededor.

El atentado, que tiempo después sería reconocido por el Quinto Frente de las Farc, dejó al menos 20 muertos y 53 lesionados. De eso ya pasaron 24 años, en los que, aseguran las víctimas, no han recibido reparación del Estado ni verdad por parte de los responsables.
Apenas comienza la mañana del jueves en Apartadó.

Los primeros rayos de un sol que agobia se dejan ver entre las matas de banano que, aquí y en la mayoría de pueblos del Urabá, cubren buena parte los suelos cultivados. Desde el día de la explosión, es la segunda vez que Alberto Vélez –un hombre regordete y de cabello blanco, pero vigoroso– recorre esta carretera, que conduce al antiguo relleno sanitario del pueblo.

“Cuando íbamos entrando al relleno, salió un tipo vestido de camuflado y con revólver en mano. Me apuntó a la cabeza y me dijo: ‘Bájese de esa mierda’ ”, recuerda Alberto, quien era el encargado de llevar en su volqueta la basura hasta ese terreno que ahora, por la erosión, parece un desierto.

Al ver al resto de los armados, se dio cuenta de que eran guerrilleros. Alcanzó a notar que tenían dos canecas, dos bultos y un tubo de PVC, que montaron al platón y taparon con escombros. Lo retuvieron junto con sus ayudantes y lo obligaron a caminar monte arriba, tan lejos, que dejó de sentir el motor de su International modelo 1963 de color verde.

Iban a ser las nueve de la mañana de ese 27 de febrero del 97 cuando Rafael Agudelo, quien para entonces tenía 33 años, vio llegar la volqueta, que en el pueblo todos conocían. “A mí se me hizo raro que no la estuviera manejando Alberto. Vi que el conductor trató de parquearse al lado del comando, pero un policía le dijo que en esa zona estaba prohibido. El tipo le respondió que no se demoraba y la estacionó frente al hotel”, cuenta Rafael, mientras observa, a escasos cuatro metros, el lugar que se convertiría en el epicentro de la explosión.

Y señala cada punto del recorrido que hizo en aquellos minutos que pudieron ser los últimos de su vida: camina once pasos por el andén de la casa que hasta ese día fue de sus padres, y al llegar a la esquina gira a la izquierda y da dieciocho pasos más, hasta donde entonces quedaba el corredor de entrada a la vivienda. “Yo ingresé y me senté en una silla, pero al momentico mi mamá me llamó a tomar tinto, entonces me levanté y ahí fue cuando pasó eso”.

Cruzando la calle, en el interior de la unidad policial, la auxiliar de servicios generales Gloria Hidalgo estaba en la oficina del capitán, esperando a que le firmara el documento que avalaba su salida a vacaciones. “Cuando yo estiré la mano para recibir el papel, sentí un guarapazo en la cabeza y me desplomé al piso”, recuerda.

La muerte, entonces, parecía silenciosa. Estaban aturdidos. Ni Gloria ni Rafael recuerdan haber percibido el sonido de la explosión. En cambio Alberto, el dueño de la volqueta, aunque estaba a kilómetros, sintió el estallido de los 100 kilos de dinamita que volaron todo rastro del vehículo en el que había invertido los ahorros de décadas de trabajo: “En esas, los guerrilleros ya nos habían soltado. Íbamos a buscar algún lugar para llamar a la Policía cuando se sintió el estruendo. Eso sonó como si hubiera sido a media cuadra”.

Eran las nueve y cinco de la mañana cuando Apartadó, la meca del Urabá, tembló por cuenta de la explosión de la volqueta bomba. El mundo se les vino encima y ni siquiera podían verlo con claridad. Una nube negra de polvo escondía la destrucción causada por la guerra demencial. Pero cuando empezó a dispersarse, los habitantes de la zona confrontaron la desgracia: la calle del comercio no era más que escombros, muertos y heridos. Con suerte, se salvaron las columnas de algunas edificaciones cercanas, pero otras se vinieron al piso sin contemplación. Paredes enteras se desplomaron. Los vidrios no eran más que moronas filosas.

De la volqueta, cuentan solo quedó el motor. El resto voló en pedazos, y hasta dejó un cráter en el suelo.

Cuando Rafael recobró la consciencia, vio que la silla de la que se levantó segundos antes del bombazo ya no estaba: los escombros la borraron. Supo que había sobrevivido. Pero no todos en casa correrían la misma suerte: su papá, Luis Arturo Agudelo, un afamado carpintero del pueblo, cayó desde el tercer piso de la construcción hasta el primero. No fue suficiente que lo llevaran en avioneta hasta Medellín para brindarle atención médica. Murió seis días después del atentado.

Frente al hotel El Pescador, en la carrera 99 con calle 98, se empezó a formar una multitud: unos lloraban a sus muertos y otros, a sus desaparecidos.

Cuando reporteros de EL TIEMPO llegaron al sitio, el hospital regional Antonio Roldán Betancur, a donde fueron trasladados los heridos, ya había sido declarado en emergencia.
“La Cruz Roja envió, desde la capital antioqueña, en un helicóptero del Servicio Aéreo de Salud, 40 bolsas de sangre de todos los tipos.Igualmente, llegó en la aeronave un equipo especial para atender urgencias. Entre las ruinas, Nohelia Galeano pasaba con agua el sabor amargo que le provocaba ver a su esposo remover los escombros para hallar el cuerpo de su hijo Edwin Oquendo Galeano, de 20 años, quien trabajaba desde hace cinco meses en el almacén de variedades que ocupaba el primer piso del hotel”, se lee en la edición de hoy hace 24 años.

Ese día, Apartadó era dolor, angustia y destrucción.

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