Arte convertido en instinto de conservación en la Sierra Nevada – Medio Ambiente – Vida




“Mango maduro, mango pintón, mango biche con limón, porque mango hay un montón” cantan Janni Benavides, su esposo, Andrés Álvarez, y su hija, Julia, y cientos de niños y mujeres de las comunidades arhuaca, wiwa y kogui que hacen parte de las iniciativas culturales encaminadas a la conservación de la biodiversidad y a la construcción de una economía solidaria para los habitantes de la Sierra Nevada de Santa Marta y de poblaciones y caseríos de la base, como Palomino, Guachaca, Buritaca y Mendihuaca.

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Si bien Janni, Andrés y Julia son la dosis de sabor, como creadores de la plataforma Jacana Jacana de educación ambiental, que les rinde tributo, a través de coloridas canciones, a las especies animales y vegetales del edén costero, la movida de la concientización de los residentes en temas de ecología y soberanía alimentaria a través del arte fue la avanzada emprendida hace ocho años por Nina Arias, quien, tras una exitosa carrera como curadora de arte en el Soho neoyorquino y afectada por la crisis económica que sacudió a los Estados Unidos hacia el 2008, decidió reverdecer sus raíces y trabajar por ellas.

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“Trabajé en el mundo del arte contemporáneo, tenía mi galería, trabajaba con museos y tenía vínculo con artistas –cuenta Nina–; fue innato relacionar el arte y la naturaleza para la transformación social como concepto de la fundación La Sierra Artist Residency”, el brazo social de su hotel especializado en retiros de yoga y bienestar (desde 2012), a orillas del río Buritaca.

Cuando ella y su esposo llegaron a la zona, a través de los colaboradores del hotel empezaron a conocer a sus hijos y las escuelas rurales, y notaron la falta de educación ambiental. “Vimos un gap (brecha) entre los locales y los indígenas de la zona”, cuenta Arias, quien desde el 2015 invita a artistas estadounidenses, europeos y colombianos a que hagan sus residencias o prácticas profesionales en la Sierra Nevada de Santa Marta.

“La fundación se ha basado en un intercambio cultural donde el artista viene, se conecta con la madre naturaleza, aprende de la sabiduría ancestral de las comunidades kogui, arhuaca y wiwa, se inspira para su obra personal y al mismo tiempo deja su legado artístico en la comunidad, sea con talleres artísticos, proyectos ambientales, iniciativas ecológicas, etc., que fortalezcan la educación de la zona”, puntualiza Nina.

‘Todo el año quiero mango’

Murales que hacen galerías a cielo abierto en las calles más ‘calientes’ de los pies de la sierra, fanzines, libros para colorear, cancioneros y delicias gastronómicas han germinado de la iniciativa de Nina, su esposo, los locales, algunos nativos y otros amantes del activismo socioambiental que se han dejado golpear por esta misma ola, como el Mango Jam, un laboratorio selvático que celebra la abundancia mediante un circuito de actividades de capacitación, intercambio de saberes y construcción de redes para el empoderamiento comunitario y el mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes de Palomino, Minca, Santa Rita, Don Diego y otros territorios rurales.

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“Notamos la dicotomía entre escasez, desnutrición, desperdicio y abundancia. Fue ahí cuando entre organizaciones de la sociedad civil, colonos e indígenas abordamos el problema con una solución de trabajo colaborativo basada en la reducción del desperdicio, la mitigación de los efectos de la sequía y el aprovechamiento de la abundancia, para no solo luchar contra los efectos de la desnutrición, sino también para garantizarles ingresos a las comunidades”, explica Vanessa Gocksch.

Algunos de los productos obtenidos durante las actividades.

Ella se inspiró para crear esta especie de solsticio del mango cuando vio que sus vecinos tenían casi un centenar de árboles que daban fruto simultáneamente, entre mayo y julio, y se dejaban perder en la tierra sin ser vendidos, consumidos ni transformados en productos secundarios, pues el precio que los distribuidores pagan por una caja de mangos que consiguen en la carretera, y que es llevada sobre los hombros de campesinos que caminan por una hora a pleno rayo del sol, es una suma ínfima.

El hecho de que el cultivo y la recolecta de estos productos no sea una actividad rentable deja a las comunidades campesinas e indígenas a merced de alternativas mucho más lucrativas…

“El hecho de que el cultivo y la recolecta de estos productos no sea una actividad rentable deja a las comunidades campesinas e indígenas a merced de alternativas mucho más lucrativas, como el cultivo de coca o marihuana, o las obliga a desplazarse a zonas urbanas en busca de mejores oportunidades económicas. El Mango Jam le apuesta a la transformación de esta realidad por medio del intercambio de conocimiento para lograr nuevas formas de producción”, agrega Gocksch a través de las redes de @mango_jam_colombia.

De ahí que la formación a través del arte sea la estrategia más efectiva para llegarles a las comunidades, comenzando por los niños.

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Nina, de La Sierra Artist Residency, explica: “Hemos realizado proyectos ambientales como el embellecimiento de la zona con murales pintados por artistas con pinturas ecológicas, limpiezas de playas con los niños de las cabañas y pueblos de Buritaca y Mendihuaca, a quienes les dictamos talleres para transformar el plástico recolectado en obras de arte, esculturas y materas”.

La familia de la Jaba Teresa Garavito canta con Jacana Jacana.

“Trabajamos por la reforestación –dice–, les enseñamos a los niños a reciclar las bolsas para hacer semilleros y somos parte del movimiento del Mango Jam, fundado por Vanessa Gocksch en Palomino, y creció tanto que quisimos hacerlo en la zona de Guachaca y Buritaca con las escuelas rurales y las madres de los alumnos, quienes aprenden a no desperdiciar las cosechas de mango, elaborando conservas que están consignadas en un fanzín (una especie de recetario) elaborado por la artista bogotana Soma. Hemos preparado muchas conservas y las vendemos a los hoteles”, explica Nina, quien también destaca la dificultad de seducir, en especial a los adultos, para que aprecien los recursos naturales.

“La comunidad, debido a la historia de la zona –la mayoría de la gente trabajaba o en la bananera o en actividades no lícitas–, es poco consciente de cuánta materia prima tiene a su disposición; es muy poca la gente que usa la palma, hay mucha pérdida de mango, aguacate, etc., y muchos no toman la iniciativa de recoger lo que cae, preparar una mermelada con panela y vendérsela al hotel del lado”, puntualiza.

Música, conciencia y democracia

Además de la cocina, las iniciativas educativas que le apuestan a la concientización ambiental de la Sierra Nevada de Santa Marta incluyen herramientas audiovisuales poderosas en las que la imagen y la música crean una exquisita armonía que seduce a grandes y a chicos.

La Sierra Artist Residency comenzó con los proyectos de muralismo, pintando los colegios de la zona con artistas que involucraron a los estudiantes en el desarrollo del concepto del mural (siempre tratando de contar una historia popular, destacando un oficio o rindiéndoles homenaje a la biodiversidad de la zona y sus tradiciones).
También con el desarrollo de un ecolibro coloreable que se basó en la historia de la región, narrada mediante los trazos donados por un grupo de artistas, y fue entregado con una caja de colores a casi una docena de escuelas rurales (algunas en los pueblos indígenas, monte arriba).

Asimismo, la familia musical de Janni, Andrés y Julia llegó a la región hace cinco años con su idea de evolucionar su don de servicio a través de la música; por 10 años dirigieron su propia academia en Bogotá y decidieron explorar la costa Caribe conectando su don estético con la construcción de una conciencia ambiental.

A la fecha, han publicado dos producciones (disponibles en Spotify) con canciones sobre los ecosistemas y las especies que habitan la sierra, desarrolladas con asesoría de biólogos y antropólogos y el apoyo de National Geographic y el Ministerio de Cultura.
El primer trabajo canta sobre bosques tropicales: seco, húmedo y de manglar y las especies asociadas a estos ecosistemas; el segundo es sobre la sierra, con contenido cultural sobre la etnia kogui (con la que más contacto han tenido).

Hemos trabajado con varios niños y niñas koguis traduciendo nuestras canciones a su lengua y aprendiendo sobre su cosmovisión del agua y los animales.

“Hemos trabajado con varios niños y niñas koguis traduciendo nuestras canciones a su lengua y aprendiendo sobre su cosmovisión del agua y los animales, y los convertimos en libros y canciones que repartimos por los colegios de la zona, en Guachaca y Minca”, explica Janni, quien destaca la importancia de aliarse con expertos para sus composiciones, con el fin de ir más allá de elogiar el bosque.

La idea es enseñar “por qué es clave el bosque, qué funciones cumplen ciertas plantas, cómo los monos dispersan las semillas y los roedores mantienen el equilibrio del bosque; por qué no hay que talar ni cazar para mantener el equilibrio, pues lo que está pasando es que hay mucha tala y los animales quedan rezagados a unos parches de bosque muy pequeños y se empiezan a mezclar entre ellos y la especie se debilita y al final se extingue, como sucede con el tití cabeciblanco, de Bolívar, el lagarto tinajero, del Tayrona, o el mono araña, del Magdalena Medio, a quienes les compusimos sus propias canciones”, puntualiza la voz líder de la agrupación del ave de pico rojo de la Ciénaga.

“Ellos están ubicados en una calle muy particular en donde pasa de todo. Es una zona muy caliente, con mucho turismo y migrantes venezolanos, que hace que confluyan muchas culturas, lo que da pie a muchas reflexiones”, cuenta sobre la casa Jacana Jacana la ilustradora y muralista Soma, quien ha desarrollado las ilustraciones, los contenidos (asesorados por Vanessa Gocksch y los expertos en fermentos y conservas que hacen parte de los talleres culinarios) y las serigrafías de las portadas de los fanzines del Mango Jam.

El de este año fue una recopilación digital de los anteriores y al ser de fácil impresión (está disponible para todo el público) destaca la belleza de este tipo de publicaciones autogestionadas e independientes: cualquiera puede reproducirlo y aprender.

“A principio de año fui a trabajar con Jacana Jacana en un mural y lo hicimos en colaboración con dos venezolanos; en agradecimiento (y aprovechando la ubicación clave de esta pared) escribimos ‘Venezuela-Colombia’ y mucha gente estuvo inconforme con que dijera ‘Venezuela’, entre ellos, la policía, la Iglesia y entes turísticos.

“Es muy triste, pero a la vez demuestra que hay una problemática: el prejuicio está ahí, y ahí el mural cumple su función evidenciándolo”, puntualiza la diseñadora gráfica de la Universidad Nacional.

PILAR BOLÍVAR
Para EL TIEMPO@lavidaentenis

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