Cadena perpetua: ¿justicia que funcione o que solo asuste? – Delitos – Justicia




Y finalmente, después de más de 25 intentos, revivió en Colombia la cadena perpetua. En su nueva versión, reservada para asesinos y violadores de niños.

Populismo punitivo, dicen muchos expertos en asuntos penales. Obligación largamente aplazada, responde la mayoría, esgrimiendo las aterradoras cifras del país. Esas que muestran que cada hora, en promedio, tres niños y adolescentes son víctimas de depredadores sexuales.

El balón queda ahora en manos de la Corte Constitucional, que ya en el pasado tumbó (por razones de trámite, no de fondo) una iniciativa similar y que ha defendido celosamente las bases humanistas de la Carta del 91, pero que últimamente se ha apartado de su propia línea jurisprudencial.

Pero incluso si la Corte dice sí a la cadena perpetua, la experiencia muestra que de poco sirve tener en el papel las condenas más altas para los delitos que más nos pesan como sociedad si no somos capaces de capturar y llevar ante los jueces a los perpetradores. Y eso, precisamente, es lo que nos pasa frente a casi todos los delitos, especialmente los más graves, como el asesinato y la violencia sexual.

Que un depredador lo pensará dos veces antes de atacar si tiene sobre su cabeza la posibilidad de cárcel de por vida, claro que sí. Y que es necesario dar los pasos que sirvan para proteger a los niños, adolescentes y mujeres de todas las edades –los más golpeados por este crimen–, ¿quién lo cuestiona?

Pero el eventual susto que produzca la cadena perpetua se desvanece frente a la poca efectividad de nuestra justicia para poner tras las rejas a los violadores, incluso a los plenamente identificados, y a los asesinos de menores.

Tan solo el año pasado hubo en Colombia casi 35.000 crímenes sexuales. Pero en nuestras cárceles hay hoy menos de 20.000 sindicados y condenados por esos delitos. De ellos, más de 14.000 atacaron a un menor, a pesar de que la actual legislación contempla penas de hasta 60 años de prisión para los casos más aberrantes. Y en la última década hubo al menos 250.000 víctimas: 8 de cada 10 eran niños o adolescentes. En materia de asesinatos, de las 12.000 víctimas del año pasado, 708 no habían cumplido los 18 años; 50 de ellas eran bebés o niños de brazos. En promedio, nuestra justicia se está demorando 3 años para vencer en juicio a un depredador sexual capturado en flagrancia. Y –dato ya viejo, pero no por ello menos perturbador– 7 de cada 10 asesinatos quedan en la total impunidad.

Pero lo cierto es que tenemos, al menos por ahora, cadena perpetua. Los que la defienden, que son mayoría, deben saber que no es suficiente –de hecho, puede ser inocuo– para cambiar nuestras oscuras realidades. Porque la justicia que solo sirve para asustar, pero que no muerde a los criminales, no es justicia.

JHON TORRES
Editor de EL TIEMPO
En Twitter: @JhonTorresET

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