Así son las entrañas del mítico castillo de Drácula en Rumania – Viajar – Vida




La escenografía es perfecta: los espesos bosques de los Cárpatos de Transilvania, el silencio de caminos cargados de historia, animales que no obstante su tez indefensa dejan con su vuelo un halo de misterio y la imaginación fomentada por décadas de leyendas sobre aquel que usa las sombras de la noche para beber la sangre de víctimas que son el alimento de su vida.

Una cruz de piedra que data de 1751 e igual de alta a un niño de 10 años en la empinada subida, paredes blancas que terminan en techos cafés en forma de punta y pequeñas ventanas que sin duda potencian el misterio… Así luce la primera parte de un castillo que tiene más de mito que de realidad.

Allí, en las montañas de Bran –a unos 20 kilómetros de Brasov, una pequeña población rumana ubicada a dos horas en carro de Bucarest–, se levanta esa estructura que popularmente se conoce como la morada de Drácula, ese personaje capaz de enamorar con el tono de su voz y la profundidad de la mirada, pero que solo quiere morderle el cuello a todo incauto que le diga “sí, te sigo”. La sangre es su objetivo.

Se erigió por allá en el siglo XIII en la cima de una roca de 200 metros de altura y ha pertenecido a varias familias reales de Transilvania, Valaquia y de lo que hoy es Rumania, y –según publicaciones especializadas– su valor puede perfectamente superar los 140 millones de euros. No solo es leyenda, también es comercio.

Lo levantaron caballeros teutones y fue un punto intermedio para el comercio entre europeos y turcos durante varios siglos. Y aunque también sirvió de base militar cuando Luis I de Hungría lo reconstruyó en 1.377 tras un abandono de varias décadas, sus cuatro plantas y 60 cámaras conectadas por pasadizos y túneles nunca recibieron un ataque o asedio digno de registrar en los libros de historia.

“Un pájaro que construye un nido para poner sus huevos en él, nunca más se va volando. Se queda con los huevos en su nido incluso mientras es estrangulado”, está escrito en su pared principal desde 1622, en antiguo alemán medieval.

Es una metáfora para exaltar la predominancia militar de la Europa de aquella época, durante la cual el honor de casi cualquier cosa (sin desconocer lo simbólico de muchas gestas) se debía defender hasta la muerte.

De príncipe a vampiro

Pero, al mismo tiempo, sirvió para darle forma a esa leyenda que tres siglos después –en 1897– el irlandés Bram Stoker inmortalizó con el sustantivo de Drácula.

Este conde transilvano que surgió de la imaginación de Stoker –novelista que nunca pisó tierras de lo que hoy es Rumania– vivió en el castillo de Bran. En los aposentos principales amó y sufrió, y en las cavidades más ocultas se dedicó a desangrar a sus víctimas durante miles de noches antes de que una estaca en su corazón pusiera fin a su historia terrenal.

Los pobladores actuales de la región son enfáticos en que cosas así no se vieron en sus tierras, pero que sus antepasados las contaban y maximizaban y, por si acaso, siempre dejan algún diente de ajo en sus ventanas para ahuyentar cualquier intento de maldad.

Antes de pagar los 8 euros que cuesta la entrada al castillo de Drácula (unos 30.000 pesos), los lugareños –tanto en Bran como en Brasov– recuerdan que lo que sí pasó en verdad fue que en estas tierras transilvanas vivió el príncipe Vlad Tepes, un hombre que cobró fama en el medioevo por sus sanguinarias estrategias de guerra.

En los años que transcurrieron cerca de la década de 1450, Tepes ordenó a sus súbditos enterrar largos palos con punta de lanza en los alrededores de Valaquia y Transilvania, para clavar en ellos desde el recto a los turcos que osaron intentar invadir sus tierras.

La técnica, conocida como empalamiento, le dio vida al apodo de Vlad el ‘Empalador’ Tepes, de quien además decían que bebía sangre de estas víctimas para fortalecer su poder. Estos hechos son la base de la novela de Stoker, quien solo dio un giro: al príncipe lo volvió conde y lo convirtió en vampiro.

Pero Vlad, el real, nunca vivió o pisó el castillo de Bran. Su fortaleza se ubica en Poienari, a unas tres horas en carro desde Brasov, y actualmente se trabaja para que no sucumba como una ruina. Sin embargo, la pluma de Stoker lo hizo dueño de ese lugar que hoy Rumania comercialmente explota y que hace del mito un buen negocio.

La huéspedes reales

Desde que se llega a Bucarest hay cientos de ofertas para ir a Bran y conocer la morada de Drácula, pero que en verdad este nunca habitó. Por un tour, que incluye un corto paso por otros lugares, cobran unos 80 euros (unos 300.000 pesos).

En su entorno hay dos grandes lagos y una especie de castillo auxiliar, parajes donde la princesa Elena, hija de la reina María de Rumania, pasó gran parte de su infancia. Ellas dos, la monarca y su descendiente, fueron quienes verdaderamente habitaron este lugar.

Al contrario de la tradicional arquitectura monárquica europea, de salones amplios y techos muy altos, el castillo de Bran es lujoso pero pequeño. En las dos primeras plantas están los espacios sociales, como salas, comedores y bibliotecas, y en la tercera y cuarta están los aposentos reales. Claro que –para no desentonar con el mito vampírico– uno de estos salones se decoró en la parte alta como una cámara de tortura.

Por cualquier ventana que se mire están los Cárpatos y, aunque ahora es un lugar manejado por el Estado, su principal atracción es la leyenda que se tejió alrededor de este y de Drácula.

Entrar, recorrerlo y escuchar de los lugareños las historias de miedo que se han fomentado sobre esta estructura es casi igual de mítico que la historia del conde que jamás vivió allí.

DANIEL VALERO
Subeditor de EL TIEMPO
@DanielValeroR
henval@eltiempo.com

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